Por Lic. Rolando Martiñá. Cuando uno habla de la Familia, así, en general, no puede sino pensar cosas buenas. Efectivamente, parece ser, hasta ahora, el mejor invento humano para garantizar la continuidad de la vida. La cría humana, a diferencia de otras especies, nace en estado muy vulnerable y necesita para su crecimiento normal de largos y persistentes cuidados para lograr su máximo desarrollo. Y eso requiere de otros seres, adultos, que se ocupen de esa tarea.
A lo largo de la Historia, la Familia adoptó diversas formas, pero sus funciones básicas de protección y estímulo de los nuevos miembros, no han podido ser reemplazadas nunca. Sin embargo, en particular a lo largo del siglo veinte, su estructura sufrió muchas y rápidas trasformaciones: hoy tenemos familias convencionales, monoparentales, ensambladas, con todas sus combinaciones y ése es uno de los grandes desafíos de la época, ya que inevitablemente los vínculos intergeneracionales se ven alterados y la trama de relaciones se vuelve cada vez más compleja.